Escrito por Mar Márquez, sexblogger en www.miyosalvaje.com

 

Cuatro esquinitas tiene mi cama, (una verdad como un templo)

cuatro angelitos que me la guardan, (ah, pues no sé, ¿a ver?)

Dos, a los pies (San Valentín y San Ex),

y dos, a la cabecera. (San Dildo y San Tinder)

La Virgen María es mi compañera (totalmente, últimamente hasta hermanas)

y me dice: duerme y reposa (eso también: pipí, los dientes y a la cama)

y no tengas miedo de ninguna cosa” (La Virgen; mi Coach. ¡Habrase visto! )

Mi cama no es redonda. Tiene estas cuatro esquinitas que reza la oración infantil y está fría. Helada. Congelada. Como la de Facto de la Fé en Enero en la Playa, pero a una voz. No tengo pareja y San Valentín no me ataca desde los escaparates de toda la ciudad.

El negocio del Amor parece que nos escandaliza cuando nos vemos abrumados por globos rojos y anuncios de perfume. Materialismo y consumismo son dos de las palabras que más he escuchado en la vigilia de este santoral, seguidas de un ofuscado ‘¡Yo no lo celebro!’ con la valentía de pecho henchido del que se piensa señalado por un bazooka sin carga.

Soplaba el levante en el año 1995 cuando por 50 pesetas por pedido mi amiga Clara y yo nos fuimos del instituto, en su moto, a recoger flores silvestres. El día de San Valentín era un día diferente y especial en el recinto escolar.

O puede que no.

Creo que era un día normal. Había clase. Pero Clara y yo no íbamos ni a la mitad.

Era un día normal, pero Clarita y yo lo hacíamos especial.

Nuestro modelo de negocio consistía en: poema o dedicatoria sobre un corazón de cartulina roja y flores, que íbamos a recoger a un campo de lavanda con vistas al mar. No logro recordar cuál era nuestra campaña publicitaria, pero el caso es que terminamos con un buen listado de dedicatorias, nombres y clases donde hacer la entrega.

  • ¡Pom, pom, pom! Perdone Don Iborra, ¡Feliz San Valentín!

Venimos pooooor – decía la una.

  • Jorge Guerrero Martín – continuaba la otra.

Y de entre los chandals sudados y las risas nerviosas afloraba la carita blanca del susodicho, que recibía el regalo de su amante secreto con las manos temblorosas del que recoge el Oscar a la mejor cara de pardillo.

Eso no tenía precio.

Cada 14 de febrero de cada año desde que tengo uso de razón, me visto de rojo. Y es que así me lo jugaba mi madre y más aún mis hermanas. Y cada 14 de febrero desde que recibí flores por primera vez sigo pensando que cada ramo que veo por la calle va dirigido a mí.

Se llama ilusión.

Ilusión por la vida, por las sorpresas. Aunque no lleguen; yo siempre las espero.

La mayoría de las veces no llegan, claro, y me muero de la risa al contarle a alguien cercano que llevo todo el día con el nudo de nervios en el estómago, esperando algo inexistente de alguien inexistente. Creo que mis amigas me quieren por estas chaladuras.

Es que… ¡no hay derecho! Putos ramos y putos mensajeros los que entran en las tiendas a preguntar por el portal de al lado…. o… los que pronuncian el nombre de tu compañera cuando ya tienes las flores tan cerca que las rozas con los dedos, y se te ha cambiado el gesto a uno falsamente idiota, en el que se lee un “no-me-lo-esperaba” fingido y un “de-quién-coño-serán” real. Gracias a este sentido del humor que me dió el viento me mantengo viva de los disgustos…

Materialismo y consumismo en San Valentín, me dicen. Hipocresía y desvirtuación de la realidad . ¡Pero si compráis todos los días! Que si una crema hidratante, que si una funda del móvil, unas zapatillas que se me han roto, un abrigo que llega el frío….

No, es que yo el amor, se lo demuestro todos los días y estas fiestas son el resultado de un mercado que…” ¡ay, cállate! Pero que no me comas la cabeza. No eres un adolescente para hablarme en términos dogmáticos y moralistas. ¿Quién está hablando aquí de demostrar el amor? ¿Tan tontos estamos que nos tomamos así de en serio un Santoral de dudosa veracidad histórica según la Wiki?

Se trata de jugar.

Es un juego, un juego, un juego y a los juegos se juega con guiños. Con guiños a la realidad; y mi guiño sería ponerme un jersey rojo, regalar una flor, decir Feliz día de San Valentín medio gritando e intentar cenar juntos esa noche.

Un juego de parejas bajo un guiño social. Un juego que llena las calles de ramos de rosas. Sí, dinero. Joder, y ¿cuánto te gastas en la gasolina que tiras acelerando en los atascos? Si vas en bici, este discurso no es para tí… puedes odiar este día si quieres, ay señor.

¿Qué clase de imagen de dureza postmoderna se esconde detrás de esa actitud anti-día-del-amor? ¡Sacad el jersey rojo , joder, e iluminad la calle!

Yo tengo a San Valentín en los pies de la cama junto a San Ex. Porque siempre tendrá mi rigurosa llamada del Amor que cambió a otro Amor. Porque, una vez superado el rencor, aparece una dulce sensación de confianza y apoyo que nos acompaña en la búsqueda de otras vidas y otros amores.

También están San Tinder y San Dildo, uno en cada una de las manos, como gobernadores del gélido colchón viscoelástico. Aunque uno de estos dos, haya caído desde hace tiempo en la más terrible de las derrotas, seguiré defendiéndolo como un gran dador de satisfacciones. ¿De cuál hablo de los dos? Je, je, je.

San Tinder me salvó del suicidio emocional del destierro a esa nueva vida que asoma tras una ruptura sentimental. Cuando la línea de lo que termina y lo que empieza es invisible, ninguna frase de coaching personal te vale cuando llegas a casa después de currar y tamborileas los dedos sobre la mesa, mirando alrededor. Ni cuando vas al súper y compras cantidades para dos, o su comida favorita, sin darte cuenta.

Y es aquí, en este preciso instante, cuando María y Noelia rezan a San Tinder y como un milagro convencen a tu cabeza dura, triste y cagada de miedo. Sorprendentemente se instala en tu móvil y en tu vida. San Tinder me enjugó muchas de las lágrimas. Me dió aventura, autoestima, sexo y amistad. ‘Pasé la bola’, como misionera de este Santo, a otros amigos que se encontraban en la misma situación y definitivamente, colgué los votos. Suficiente piel desconocida. Gracias, no más.

Y por último San Dildo, el mayor de los santos del Amor Propio, vela mis noches desde esa esquinita de las cuatro que tiene mi cama. San Dildo es el genérico para el maletín de santos que me acompañan en este menester. Santa Bala y San Lubri, entre otros, acompañan mis oraciones nocturnas y mis baños de espuma.

Tenemos nuestras confidencias, como con todos los santos. Me conocen muy a fondo y hemos aprendido juntos, en unos meses, más que en toda la vida, porque sólo él sabe llegar a la raíz de LA cuestión. Es lo que ocurre cuando te sabes oída, que te sueltas…y cuentas más, más y más.

Mi cama está fría, gélida, congelada y recibo a San Valentín con los calcetines puestos; y con un jersey rojo; y las bragas también; y una llamada a mi ex para oírnos decir cuánto nos queremos y qué felices somos de que estemos en el mundo; con Ovidio y su Arte de Amar en el atril y mi entrañable Vibrador de Punto G entre las piernas.

¡Feliz día de San Valentín, San Dildo, San Tinder y San Ex!

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